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¿Te imaginas viajar sin móvil?

Te imaginas viajar sin móvil

Un artículo de Eva

Hubo un tiempo en el que viajar era desaparecer.
Desaparecer de verdad.
Sin notificaciones.
Sin mapas.
Sin ese hilo invisible que hoy nos mantiene constantemente conectados a todo y lejos de nosotros mismos.

Viajar sin móvil era rodar sin saber exactamente a dónde ibas.
No había Google Maps, no había Wikiloc.
Solo estabas tú… y el mundo.

Y, sin embargo, no era caos.

Era otra forma de orden.
Una intuición que te guiaba.
Una curiosidad que te empujaba.
Una sensación constante de que, más allá de esa montaña, de ese sendero, de ese horizonte… había algo esperándote.
Y tú querías descubrirlo.

Viajar así era también aceptar que si algo ocurría, dependías de ti.
No había llamada rápida.
No había ubicación compartida.
No había rescate.

Viajar sin móvil, sin saber de los que amas. Ni ellos de ti. Solo tu y tu alma. Difícil de explicar. Pero quien lee esto se que lo entiende.

Viajar sin móvil era una meditación constante.
Atención plena. Y salvaje.
Una mezcla de calma y excitación difícil de explicar, pero imposible de olvidar.

Y todo pesaba más.
El saco, gastado por los años.
La cantimplora de hierro.
Los cubiertos, duros, sólidos.
Las mochilas, la tienda de campaña XXL.
La cámara réflex colgando al costado.

Aquella forma de viajar se quedó grabada en mí.
Cada célula de mi cuerpo sigue recordando esa sensación.
Esa forma de estar viva.

Treinta y cinco años después, pensé que ya no era para mí.
Que era mayor.
Que era insegura.
Que mis piernas ya no responderían igual.
Que sería una carga para el grupo.

Pero no.

Fany me animó.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Encontré a un grupo de mujeres con un espíritu que reconocí al instante.

Mujeres con entusiasmo.

Con curiosidad.

Con ganas de explorar… no solo el mundo, sino también a quienes tenían al lado.

Mujeres que escuchan.

Que sienten.

Que viven.

Había algo en ellas.

Una energía difícil de nombrar.

Una mezcla de fuerza y sensibilidad.

De compromiso y alegría.

Eran como superwoman.
Pero eran reales.

Sí, eran fuertes.

Y sí… yo me quedaba atrás.
Pero nunca me sentí sola.
Siempre había alguien mirando.
Esperando.
Cuidando.
Sin juicio.
Sin prisa.
Sin presión.
Solo presencia.
Y entonces volvió.
Esa voz.
Esa sensación.
Ese susurro interior que creía olvidado.

“Vuelve.”
“Puedes.”
“Tus piernas aún saben.”
“Estás viva.”

Y, por primera vez en mucho tiempo, esa voz…
fue más fuerte que la de mi mente.
No supe cómo agradecer todo lo que me estaban dando.
Porque no eran solo pasos.
No eran solo kilómetros.
Era algo que se estaba despertando dentro de mí.
Algo que llevaba años en silencio.

Hoy vuelvo a Madrid.

Y siento la necesidad de parar.
De respirar.
De integrar.
Porque hay capítulos nuevos que se han abierto en mi vida.
Capítulos que, de alguna forma, han sido abiertos por vosotras.

Los temas de orientación sexual siempre me han importado mucho… porque no los entendía.
Siempre quise tener amig@s gays, bolleras, como se quiera llamar.
Siempre me sentí mas cerca de ell@s que de las mujeres que he ido encontrando en mi camino.
Y la vida… me trajo dos hijos gays.
Qué regalo tan grande, ¿no?

A través de ellos empecé a ver lo que antes no entendía.
A sentirlo de verdad.
Y también a ver cómo el mundo les cerraba muchas puertas.

Lo entendía… pero también sentía rabia.
Porque ese es el mundo.
Su mundo.
Mi mundo.

Y ahí entendí algo más.
Que hay que luchar.
Que el cambio no ocurre solo.
Que hace falta propósito. 

Y que espacios como este grupo abren ese camino.
Así que también gracias por eso.

Por lo que representáis.
Por lo que estáis construyendo.

Ojalá llegue un día en el que el mundo deje de hacer distinciones.
En el que podamos vivir sin dualidad.

Y que cada kilómetro rodado sea también una forma de empujar ese cambio.

Gracias.

Por ser ejemplo.

Por sostener.

Por recordar.

Nos veremos pronto.

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